ESCRIBIR PARA ESTAR VIVO

Oprimió el botón que enciende el ordenador con el dedo índice de la mano derecha, mientras soplaba tenazmente la taza de café tinto que daba la impresión de seguir borbotando dentro el recipiente de porcelana que sostenía en la otra mano. Apartó de su escritorio el cenicero de cristal ya jubilado de la función para la cual había sido originalmente fabricado, ahora desempeñaba el cargo de lapicero improvisado. Hacía meses que había dejado de fumar, sus muebles, sus libros, sus propias manos impregnadas con el humo del tabaco ya le era solo un recuerdo vago. Aún tenía apuntado en sus dudas por resolver el por qué se vincula a los escritores con los cigarros. Yo seré una de las excepciones, se dijo a manera de consuelo, pues muy dentro de él aún persistía el deseo de fumarse un último cigarro. Abrió una hoja Word en blanco, escribió el titulo, y cuando se disponía a teclear narrando la historia que tenía dentro su cabeza, lo detuvo la sensación de sus dedos a punto de crujir…

Era una tarde de invierno, el frío había irrumpido por la ventana que estaba semiabierta, ese mismo frío iba recorriendo la habitación tanteando los muebles, adueñándose de las cosas, cubriéndolas con ese manto invisible que hiere las yemas de los dedos al querer tocarlas. Pero este frío en particular era más implacable que años anteriores, este frío no se conformaba con adueñarse de los objetos inanimados, este frío quería poseer vida, quería rasgar piel, quería beber sangre, de manera que siguió buscando por toda la habitación hasta que lo encontró sentado en una vieja silla frente al ordenador.

Él se levanto, sacó del ropero un viejo abrigo al cual le había puesto el nombre de “eterno”, era una de dos prendas favoritas, la otra era una mochila de viaje, ambas lo habían acompañado durante los años que se había aventurado tratando de conocer el mundo a puro aventón, en busca de una respuesta, en busca de dios, en busca de un amor, este abrigo a pesar de estar descolorido y remendado por todos lados, tenía la curiosa particularidad de alejar no solo el frío, sino que también los malos recuerdos. Se dirigió a cerrar la ventana, afuera nevaba, un fenómeno extraño en una ciudad donde casi nunca antes había nevado. Entonces le volvió a suceder, esa manera tan única que él tenía de percibir las cosas. Absorto, se quedó contemplando a través del vidrio la forma en que caían los copos de de nieve, como si un vacío se hubiese apoderado de su cuerpo: “También tendré que escribir sobre esto”, pensaba. Transcurrió varios minutos sumido en ese estado, hasta que un escalofrío repentino lo volvió en si. Regresó a su escritorio, quiso terminar de beber el café que aún quedaba en la taza, pero ya era tarde, el frío se lo había arrebatado. Apartó también la taza, se llevo ambas manos a la boca para calentar los dedos con su aliento, volvió a teclear.

Esta vez no escribiría uno de sus poemas de amor o desamor con versos que acomodaba a su antojo, tampoco escribiría sobre recuerdos tormentosos o futuros inciertos, tampoco, ya que nunca pudo, escribiría sobre temas de moda, como hacían otros, Esta vez le escribiría a la vida, porque descubrió aquello que él ya sabía: que, en este mundo, escribir era lo único que lo mantenía medio loco, medio cuerdo, a un paso del abismo.

Escribir lo mantenía vivo.

Danilo Semp

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4 comentarios

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