Cerró el libro que traía en las manos, ya que por más empeño que puso no pudo entender ni retener nada de lo que había leído. Una especie de euforia se iba acrecentando desde el interior de su pecho, una premonición de lo que imaginaba que estaba por suceder obnubilaba sus sentidos. Era mediodía, el autobús en el que había viajado arribó en una parada anterior a la terminal principal. El muchacho fue el único en bajar. Llevaba a las espaldas una mochila vieja cargada de unas cuantas prendas, un par de libros y millones de historias para contar.
Lo primero que hizo fue buscar una peluquería para que le quitasen las greñas que las tenía acumuladas de tantos viajes. Luego se duchó en uno de los servicios higiénicos adyacentes a la parada de buses. Al rasurarse se hizo un pequeño corte por debajo de la nariz que empezó a sangrar profusamente. Cuando al fin cesó el sangrado, se miró en el espejo y se dijo en voz alta: Ahora si me veo decente. Se puso el pantalón y la camisa nuevas que había comprado para esta ocasión. La talla del pantalón le resultó algo grande y tuvo que usar las agujetas de sus botas viejas para sujetarse el pantalón. Metió sus prendas viejas en la mochila también vieja que lo había acompañado en sus tantas aventuras. Buscó un lustrabotas para que le dé brillo a sus zapatos que también eran nuevos. Se encaminó a donde sabia que las iba a encontrar.
Habían transcurrido ocho años desde la última vez que anduvo por aquellas calles que tantas penurias le causaron en su adolescencia, todo era tan diferente. Las calles antes empedradas, ahora eran de asfalto, donde antes las casas eran de una sola planta, ahora se erguían imponentes edificios. A medida que se acercaba a su destino fue sintiendo que le temblaban las piernas. Sintió a acobardarse. Ya se habrán olvidado de mí, pensó. Ocho años sin tener noticias mías, habrán creído que ya he muerto. Vamos, no es tiempo de sentir miedo, se repetía intentando darse ánimos. Recordó las ocasiones en las que el miedo estuvo por paralizarlo y que una fuerza de su interior lo impelía a seguir, a sobrevivir: recordó la vez que sobrevivió al ataque de un jaguar cuando se extravió en el monte completamente borracho, o de la vez que casi murió ahogado en el rio cuando solía irse a pescar solo a lugares remotos y se perdía por varios días, o de la vez que salió ileso cuando tuvo que huir de unos narcos después de descubrir que fue llevado con engaños a un supuesto trabajo, o de la vez que casi fue linchado al ser confundido con un ladrón. Había vivido al limite, no por que era valiente o aventurado, sino porque nunca había aprendido a cuidarse, y hacía las cosas sin medir riesgos, en un intento de emular las aventuras de los personajes de los libros que había leído, tratando de ser el personaje principal de su propia historia. Pero muy a pesar de haber vivido todas experiencias, no pudo evitar sentir miedo, un terrible miedo, y varias veces se detuvo a pensar si no sería mejor dar vuelta y tomar otro autobús que lo llevase a ninguna parte. “Tal vez ya me habrán olvidado”, se repetía, mientras dejaba que sus pies siguieran avanzando a donde ya sabían que debían llegar.
No pudo recordar con claridad el lugar exacto en donde su madre tenía un puesto de venta callejero en el centro de la ciudad, así que los fue recorriendo todos, uno por uno.
Se detuvo enfrente de una señora ya encanecida y con varias arrugas en el rostro. Reconoció en esa cara angelical a la mujer que lo había recogido de las calles cuando él era apenas un adolescente.
—Mami —pronunció apenas con una voz algo más fuerte que un murmullo.
—Dígame joven —contestó la señora que miraba distraída a otra parte.
—Soy yo, tu hijo —aclaró poniendo más énfasis en la voz —¿no me reconoces? —. La señora volteó para verlo y frotándose los ojos, lo reconoció.
—!Hijo! —exclamó al mismo tiempo que era sorprendida con un fuerte abrazo—. Estás flaco —le reclamó cuando pudo verlo más detenidamente— ¿Qué acaso no comes? —. Después de tantos años sin verse y lo primero que oyó de su madre fue un regaño—. Estoy en casa, pensó.
—¿Y mi hermana —preguntó. Su madre apuntando con el rostro señaló con la mirada hacia unos metros a un lado. Él muchacho volteó, estaba de suerte, ya que su pequeña hermana que ya era toda una mujer, estaba platicando a unos metros con un tipo que supuso era un amigo o su enamorado.
Tomó una gran bocanada de aire y casi temblando se acerco hacia ellos:
—Hola ñoja —le dijo.
Su hermana al verlo se atemorizó, pues ella tampoco pudo reconocerlo a primera vista. El que la acompañaba al ser interrumpidos y al verla empalidecer, se interpuso entre los dos, no sin temblar, ya que el sujeto que les había abordado emitía una imagen de rudeza, como la de un veterano recién llegado de alguna guerra perdida.
—Soy yo —le dijo— ¿que, acaso ya te has olvidado de mi?
Su hermana al oírle hablar, de improvisto saltó hacia él, soltando todo lo que sujetaba en las manos, y lo abrazó tan fuerte que estuvo a punto de apretujarle los huesos.
—Hermano, hermanito, ¿dónde te habías perdido? —le repetía una y otra vez al mismo tiempo que sollozaba de alegría. Ambos lloraban, el otro muchacho, que era testigo atónito de aquella escena, también lloró sin comprender porque lo hacía.
El muchacho había vuelto a casa convertido en todo un hombre.
Danilo Semp
my0aqr
rowq7k