BITÁCORA DE UN INADAPTADO

Y ahora, ¿qué estás escribiendo?, le dijo, ¿por qué no escribes sobre tu vida?, hazlo en tercera persona, como si fueras un espectador más.

Él acababa de salir de uno de esos estados de ansiedad y depresión que le eran recurrentes, algunas veces esos ataques le provocaban cambios que muchas veces eran cambios trascendentales. En los últimos días había sufrido constantes ataques de ansiedad y por ende su vida, más bien, la forma en que percibía el mundo iba cambiando a grandes saltos.

El ingeniero al que le contó acerca de su reciente crisis, era uno de los pocos que sabían acerca de su pasión por escribir. También era de los pocos que sabían acerca de su amor por los animales; de su impulsividad y desbordante energía que él supo aclarar que era a causa de su TDAH; y también era uno de los pocos que disfrutaba escuchar de las anécdotas de los años de mochilero que contaba en las horas de descanso cuando el trabajo era más liviano. Se podría decir que también era una de las pocas personas a las que él consideraba un amigo, ya que debido a su afán de aislarse de la sociedad, evitaba relacionarse con personas por miedo a ser juzgado por sus frecuentes cambios de ánimo. Algo que ya le había pasado innumerables veces desde que tenía memoria. Aquellas palabras del ingeniero le causaron una turbación en el ánimo.

Antes, no se le había ocurrido aquella idea, la de escribir su propia historia en tercera persona, como si fuera un espectador más. De tener una infinidad de historias para contar, las tenía, pero no supo hasta entonces cómo contarlas, o en este caso cómo escribirlas. Sumado a este último hallazgo, estaba la enseñanza que le había traído su ultima crisis existencial.

Una vez terminada la jornada laboral y después de haberse asegurado que todos los accesos al galpón estuvieran correctamente asegurados, ya que por las noches también ejercía de portero en su trabajo. Lo primero que hizo fue encender su laptop y empezar a escribir sus memorias. Decidió hacerlo en el orden que le llegasen, y también decidió ponerle como nombre a todos esos recuerdos: bitácora de un inadaptado.

Se puso a escribir:

El primer recuerdo que le vino a la memoria fue la de un niño de tres años que jugaba en el patio de la casa en donde sus padres habían alquilado un cuarto. El patio era de tierra, al igual que todos los ambientes de la casa. El niño jugaba haciendo montoncitos de tierra, procurando no hacer mucho ruido, ya que su hermanita de escasos meses dormía en la cama y su madre le había advertido que no la despertara. Su madre era de un carácter irascible, esto, atenuado al comportamiento bastante inquieto del niño, siempre estaba predispuesta a reaccionar de mala manera a cualquier estimulo que la sacara de la poca paz que podía disfrutar cuando uno de sus críos dormía. El niño era el que le causaba más problemas, pues no dejaba de meterse en líos, ya que sumado a su excesiva energía tenía una insaciable curiosidad, y también estaba el hecho de que no dejaba de provocarse lesiones, lo que hacía que cuidarlo sea una desgastante tarea.

El niño, cansado de jugar afuera, trató de entrar al cuarto con sigilo, mirando a cada paso a todos lados para no estar al alcance de su madre, que se encontraba absorta frente al televisor. Entonces haciendo fuerza con su cuerpo quiso cerrar la puerta de fierro, esta, impulsada por el primer empujón, fue a estamparse estrepitosamente contra el marco, provocando un ruido que hizo despertar al bebé que se puso a llorar de inmediato. La escena que sigue a continuación, aquel niño, ya de adulto, la recordaría innumerables veces, y sería una de las causas principales de muchas de las malas decisiones que tomaría a lo largo de su vida:

—¡Llokalla de mierda, te he dicho que no hagas bulla! —se levantó su madre de la silla, gritando, vociferando improperios, agarrando lo primero que encontró a su alcance, una escoba con mango de madera, se encaminó hacia el niño dispuesta a darle de palazos por la desobediencia. El niño, horrorizado, ya que no era la primera vez que vivía esa escena, lo primero que hizo fue meterse debajo del catre y tratar de mantenerse a resguardo al mismo tiempo que chillaba pidiendo perdón y repitiendo que no lo volvería a hacer. Esta, al no poder alcanzarlo, empezó a azuzar al niño para que saliera de su escondite, punzándole con el palo de la escoba las piernas, las costillas, que esta vez chillaba ya no por el miedo, sino por el dolor que le causaban aquellas punzadas.

—¡Ya no mami, ya no más! —chillaba el niño, tapándose la boca en un intento por no hacer más ruido.

—¡Salí de ahí, mierda, salí —insistía su madre, arremetiendo con más ímpetu con la escoba— salí, ahora hazle dormir de nuevo a tu hermana —. En medio de toda esa tortura, de repente se abrió la puerta. Era su padre que había llegado del trabajo.

—¡¿Qué le estás haciendo a la wawa?! —preguntó, poniendo fin al suplicio del niño.

—Este llokalla de mierda, que no hace caso— contestó la madre.

El niño, que aún permanecía escondido, pudo oír que sus padres salían afuera a seguir discutiendo. En eso, su padre totalmente alterado, volvió a entrar dirigiéndose al ropero y sacar las ropas del niño para agruparlas en un atado. Ven hijito, vámonos donde la abuela, oyó decirle al borde de la cama. El niño salió, y sin comprender nada, dirigiendo la mirada a su hermana que había dejado de llorar, le dijo chau, para no volver a verla nunca más. Cuando llegaron donde la abuela del niño, el padre le explicó lo que había pasado y le pidió que lo cuidara. La abuela aceptó encantada pues era su primer nieto. El padre se despidió del niño prometiéndole que volvería pronto, algo que no sucedió. El niño sabía del afecto que su abuela tenía hacía él, y por primera vez, desde que tenía uso de razón, se sintió en un lugar seguro, se sintió a salvo.

Terminó de escribir, cerró la laptop y encendió un cigarrillo. Desde que aprendió a fumar se pasó varias etapas de su vida intentando dejar de hacerlo, pero esta vez sentía que ya no tenía importancia, el tabaco ya no le hacía daño. En los últimos días había aprendido a cómo hacer para que esos recuerdos ya no le dolieran. Había descubierto el por qué su manera de vincularse con los demás era tan distinta al resto. Había descubierto que toda su vida había vivido mal las relaciones sentimentales, siempre entregándose por completo, siempre tratando de dar y dar, como una manera de hacerse validar con los demás, como queriendo obtener la aprobación que su madre nunca le dio. Ya no lo haré más, se dijo, se lo prometió a si mismo. La última crisis de ansiedad que había sufrido le había enseñado el verdadero significado del amor propio. A cómo trabajar su autoestima, ahora solo faltaba ponerlo en práctica. Sé que me irá bien, pensó. Después de cuarenta años desde aquella escena del niño y su madre, aquel hombre había sanado sus heridas de infancia y empezaba a vivir de verdad.

Danilo Semp

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