Decidí comenzar de nuevo, y como buen comenzador, de esos que saben que para comenzar de nuevo es imprescindible renunciar a algunas cosas, decidí renunciar a lo grande, pero, a diferencia de los demás comenzadores, sería yo el que se renunciaría del todo, pues: ¿qué culpa tienen los demás de que yo quiera volver a comenzar.
Comencé renunciándome de mis libros, aunque pocos y viejos, me fue difícil convencerlos, ya que ellos estaban tan acostumbrados a verme pasear, muy de vez en cuando, por sus páginas amarillentas y vilmente rayoneadas por mi mano profana. Hubo uno, demasiado molesto, que objetó arguyendo que aún contenía palabras en su interior de las que yo todavía no entendía su pleno significado. No faltó otro que lloró desconsolado porque no hallaría a otro lector que llorase como yo con sus tristes historias, historias que extrañamente se asemejaban a mi vida.
Luego pasé a renunciarme de mis hojas de papel garabateadas con mis ilegibles trazos. Cuando las junté, vine a dar cuenta que llenaban tres cajones cabalmente embutidos hasta más no poder. Nunca imaginé que la historia de mi vida, mitad realidad y mitad inventos, cabrían en tales espacios. Tampoco fue sencillo el convencerlas de que me renunciasen, pues en ellas había más de mi mismo de lo que hay en mi maltrecho cuerpo.
Que los objetos cotidianos renunciasen a mí, fue de lo más sencillo, ya que todos, sin excepciones, prontamente encontrarían a alguien que les dé, tal vez, mejor uso del que yo les he dado el tiempo que estuvieron bajo mi cuidado.
Habiendo terminado de convencer a los objetos cotidianos a que renunciasen de mí, llegó la hora de renunciarme de aquellos con los que es difícil llegar a un buen acuerdo: mi soledad, mi tristeza y mis recuerdos. Mi soledad me advirtió que vaya a donde vaya, cambie mi apariencia o mi nombre, ella siempre será parte de mí, incluso más de lo que yo mismo soy de mi propia existencia, tiene toda la razón, ya que soy irremediablemente un hombre solitario. En cuanto a mi tristeza, consecuencia del constante abandono en mi vida, no hubo nada que tratar con ella, pues resulta que ella se había impregnado en cada célula de mi ser, previendo de esa manera a renuncias como estas. Respecto a mis recuerdos, ingratos casi todos, excepto por mis años de mochilero y por los escasos momentos que alguna vez disfruté de vivir la vida, descubrí que resultaron ser el motor que impulsan mis decisiones, las ganas que me alientan y la revancha que espero cobrarme de la vida.
Fue así que volví a descubrir, porque antes ya lo había hecho, que es una verdadera utopía eso de querer volver a comenzar desde cero, ya que siempre quedarán viejas cicatrices que nunca sanarán por completo.
Al final, consciente de la realidad, no me quedó más que recurrir al recuerdo de los momentos felices que aún conservo, y con ellos sobrescribir la historia de mi vida sobre la infinidad de borradores que ya antes había sobrescrito.
Danilo Semp
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